La Crónica de Alfonso III señala de forma muy explícita las fronteras y la extensión del Reino de Asturias, detallando qué territorios estaban bajo su control, cuáles se habían despoblado como "tierra de nadie" y cuáles mantenían su propia autonomía. Específicamente, el pasaje de la crónica que describe las fronteras nororientales se redactó para delimitar el fin de la influencia asturiana y el inicio de los territorios habitados por pueblos vascones. Este documento histórico redactado hacia el año 880 señalaba que:  «...Bardulies qui nunc uocitatur Castella et pars maritimam [et] Gallecie; Alaba namque, Bizcai, Aizone et Urdunia a suis reperitur semper esse possessas...»

Traducido es: «...Bardulia, que ahora es llamada Castilla, y la parte marítima [y] de Galicia; pues Álava, Bizkaia, Alaone y Orduña se encuentra que siempre fueron poseídas por los suyos...»

El Condado de Castilla nació formalmente unas décadas antes de la redacción de la crónica de Alfonso III. El primer conde castellano conocido fue Rodrigo, nombrado alrededor del año 850 por el rey Ordoño I de Asturias.

En ese momento, Castilla no era un territorio independiente como lo era Bizcai, Aizone et Urdunia. Era una demarcación o marca militar oriental del Reino de Asturias creada para proteger la frontera de las incursiones del Emirato de Córdoba, Vardulia de Castilla aprovechaba la red de pequeños fuertes y castillos construidos por los repobladores várdulos (guipuzcoanos y en parte de Álava).

El rey navarro Sancho el Mayor gobernó Castilla no como rey, sino en nombre de su esposa condesa Munia de Castilla y de su linaje. Antes de morir en 1035, el monarca dividió sus extensos dominios territoriales entre sus hijos varones:

  • A su primogénito, García Sánchez III, le legó el patrimonial Reino de Pamplona.
  • A su hijo Gonzalo Sánchez le otorgó los condados pirenaicos de Sobrarbe y Ribagorza.
  • A su hijo Ramiro I le otorgó el Condado de Aragón.
  • A su hijo Fernando I, le otorgó el Condado de Castilla.

Castilla pasó de condado a reino mediante este proceso de fragmentación hereditaria en el año 1035, tras la muerte del rey Sancho Garcés III de Pamplona (el Mayor), quien había unificado bajo su control gran parte del norte peninsular.

Sancho III el Mayor controlaba directamente la región vizcaína como parte de las tierras de la corona pamplonesa. Tras su muerte, el señorío vizcaíno de estas tierras pasó a su primogénito, el rey García Sánchez III de Pamplona.

(Imagen: Sancho III el Mayor)

Pero el gobierno delegado de Álava y de las demarcaciones vizcaínas estaba en manos de un “Tenente local”, Íñigo López (apodado Ezquerra). Aparece documentado en las crónicas de Sancho el Mayor desde el año 1033. En ese año, Íñigo López comenzó a figurar con fuerza en la documentación oficial confirmando los diplomas y decretos reales de Sancho III el Mayor. El monarca navarro lo colocó estratégicamente en la conflictiva marca occidental de su reino. Durante este bienio, actuaba estrictamente como un oficial real, controlando las tenencias (distritos militares y fiscales) que blindaban los accesos de Castilla hacia el interior de la cuenca navarra, principalmente en el área de Álava y en enclaves estratégicos de la Vizcaya nuclear.

Fue precisamente este gobernador de Biscai, Íñigo López, quien años más tarde (hacia la década de 1040 y bajo el reinado navarro de García Sánchez III) consiguió estabilizar su cargo y convertirse oficialmente en el primer Señor de Vizcaya con carácter institucional. Sus descendientes directos darían origen al linaje de los López de Haro. El documento fidedigno más antiguo que lo asocia explícitamente al territorio data de 1043 en el Monasterio de Leire, donde firma formalmente como «Senior Eneco Lopiz de Bizcaia»

(Imagen: Eneco Lopiz de Bizcaia)

Íñigo López (Ezquerra) se vio profundamente condicionado por el cambio de rey en Pamplona. Aunque Fernando heredó inicialmente el territorio con el título de conde de Castilla, la historiografía tradicional considera este reparto de 1035 como el nacimiento del Reino de Castilla.

Fernando I de Castilla actuó de forma plenamente independiente respecto a Pamplona y León. Pocos años después, en 1037, se enfrentó en la batalla de Tamarón al rey Bermudo III de León, quien reclamaba los derechos sobre las tierras entre el Pisuerga y el Cea. Tras la muerte de Bermudo en el combate, Fernando I (casado con Sancha, hermana del difunto rey leonés) reclamó el trono de León.

Al ser coronado en León en 1038, Fernando unificó ambos territorios, consolidando definitivamente el estatus regio y la soberanía de la Corona de Castilla.

El testamento de Sancho el Mayor (1035) fijó inicialmente los límites, pero las ambiciones territoriales de sus hijos, Fernando I de Castilla y García Sánchez III de Pamplona, chocaron rápidamente.

Las tensiones estallaron en el enfrentamiento definitivo de La batalla de Atapuerca (1054) donde Fernando I de Castilla derrotó y mató a su hermano García, el rey navarro.

No existe constancia documental de que Íñigo López acudiera físicamente a combatir en la batalla de Atapuerca (1054). Sin embargo, el primer Señor de Vizcaya jugó un papel político crucial inmediatamente después del enfrentamiento. Mientras que otros nobles y tenentes fronterizos del Reino de Pamplona traicionaron al rey navarro García Sánchez III facilitando la victoria de Fernando I de Castilla, Íñigo López se mantuvo firmemente leal a la corona navarra antes y durante el conflicto.

El suegro de Íñigo López, el influyente magnate navarro Fortún Sánchez, era el gobernador (tenente) de la estratégica plaza de Nájera y murió en el campo de batalla de Atapuerca junto al rey García Sánchez III. Al quedar vacante el puesto, el nuevo y joven rey navarro, Sancho Garcés IV, nombró a Íñigo López como nuevo gobernador de Nájera para asegurar su lealtad.

Tras la derrota en Atapuerca, el Reino de Pamplona perdió la comarca de la Castella Vetula (Castilla la Vieja). Íñigo López se convirtió en la principal barrera de contención en el norte, manteniendo Vizcaya y el Duranguesado bajo la soberanía navarra frente al empuje expansionista castellano.

El rey de Pamplona, Sancho Garcés IV (el de Peñalén), gobernaba de forma autoritaria, lo que le ganó la enemistad de la alta nobleza y de su propia familia. El 4 de junio de 1076, durante una cacería en la localidad de Funes, el monarca fue asesinado por sus propios hermanos, Ramón y Ermesinda, quienes lo empujaron por un precipicio en el barranco de Peñalén.

Los reinos vecinos aprovecharon el caos de forma fulminante. El rey Alfonso VI de Castilla invadió el reino por el oeste, mientras que Sancho Ramírez de Aragón lo hizo por el este. Incapaces de defenderse solos, los nobles navarros prefirieron jurar fidelidad al rey aragonés para evitar ser absorbidos por Castilla. 

Los principales magnates y nobles navarros que pasaron formalmente al servicio de la corona aragonesa tras la crisis de 1076 fueron: Íñigo Sánchez (Señor de Tafalla, Sangüesa y Huarte); Fortún Íñiguez (Señor de la Cuenca de Pamplona); Lope Sánchez (Señor de Estella y San Sebastián); García Bartolomei (García Bartolomé, Señor de Aibar); Los Señores de los valles de Roncal y Salazar (jefes de los linajes montañeses tradicionales del noreste navarro acudieron en bloque a Jaca para refrendar el nombramiento de Sancho Ramírez, consolidando el dominio aragonés sobre toda la cordillera pirenaica).

El Reino de Pamplona desapareció temporalmente como entidad independiente, quedando el territorio dividido: el núcleo navarro y aragonés se unieron bajo la corona de Aragón, mientras que las tierras occidentales quedaron bajo control castellano. Mientras que en el Reino de Navarra los reyes nombraban a los gobernadores de forma digital y temporal (no hereditaria), Alfonso VI de Castilla les ofreció perpetuar sus linajes en el poder, permitiéndoles transmitir los títulos y tierras a sus hijos a cambio de su lealtad militar.

En este escenario de caos, la adhesión en masa a la corte de Burgos no se debió únicamente al miedo a las armas castellanas. Los nobles navarros aprovecharon el caos para negociar derechos feudales hereditarios, como Diego Álvarez (Señor de la Bureba) o García Ordóñez (Conde de Nájera), Aznar Sánchez (Señor de Pazuengos, Sierra de la Demanda y los accesos occidentales hacia La Rioja), entre ellos. Este grupo compactado de nobles prefirió pactar con Castilla porque Alfonso VI les garantizó la hereditariedad de sus dominios familiares. Con su pacto de adhesión, fijaron de forma casi definitiva la frontera del norte de Castilla.

Lope Íñiguez (hijo de Íñigo López), comprendió así que el Reino de Pamplona ya no podía proteger sus fronteras. Tomó una decisión pragmática que sellaría el futuro de su estirpe, un pacto con Alfonso VI. En lugar de resistir o aliarse con Aragón, Lope Íñiguez juró fidelidad absoluta al rey de Castilla, Alfonso VI, a cambio de someter Álava, Vizcaya y Guipúzcoa a la soberanía de la Corona de Castilla. Alfonso VI confirmó a Lope Íñiguez en todos sus cargos y le otorgó un poder sin precedentes, nombrándolo gobernador de un enorme bloque territorial que incluía Vizcaya, Álava y Guipúzcoa.

Este cambio de bando definitivo transformó el antiguo cargo de «Senior de Bizcaia» como funcionario real navarro en un “señorío territorial” consolidado bajo el amparo de Castilla, abriendo el camino para que su hijo, Diego López I, adoptara el apellido definitivo de la Casa de Haro.

Como alférez real, don Diego López II de Haro era el máximo jefe militar del ejército castellano por debajo del monarca, encargado de portar el pendón real en el campo de batalla y liderar las tropas en los momentos más críticos, como la vanguardia de las Navas de Tolosa.

Años antes, se dio una ruptura entre el monarca y el Señor de Vizcaya, tras la traumática derrota cristiana en la batalla de Alarcos en 1195. Tras la debacle de Alarcos, el rey Alfonso VIII apartó a Diego López de Haro de la alferecía real, entregándole el cargo al conde Álvaro Núñez de Lara. El monarca y parte de la nobleza comenzaron a culpar al Señor de Vizcaya del fracaso y a murmurar acusaciones de deslealtad. Ofendido por el descrédito, Diego López se exilió y cambió de bando en varias ocasiones entre 1201 y 1206. Llegó a ponerse al servicio de Sancho el Fuerte de Navarra y de Alfonso IX de León, e incluso buscó protección temporal en territorios musulmanes. Durante este periodo de rebelión (denominado ira regia), combatió activamente contra los intereses castellanos.

 Sabiendo que necesitaba al guerrero más poderoso del norte para la gran ofensiva papal contra los almohades, Alfonso VIII lo perdonó formalmente. El propio rey reconoció sus excesos contra los Haro en su testamento de 1204. Le devolvió toda su confianza al nombrarlo uno de sus cinco albaceas y confiarle el mando estratégico en 1212.

La sintonía y el respeto final eran tan absolutos que las crónicas de la época (como la de Juan de Osma) afirman que el monarca planeaba dejar a Diego López II como regente de Castilla y tutor de su heredero menor de edad, el futuro rey Enrique I. Este plan no llegó a cumplirse debido a que el Señor de Vizcaya falleció solo tres semanas antes que el propio monarca, en septiembre de 1214.

El día de la batalla de las Navas de Tolosa, el 16 de julio de 1212, el honor de la familia aún estaba en juego. Las crónicas medievales recogen una tensa y famosa conversación en los momentos previos a la carga entre Diego López II y su hijo, Lope Díaz II de Haro, apodado "Cabeza Brava":

Lope Díaz II: "Padre, os pido que lo hagáis de modo que no me llamen hijo de traidor, y que recuperéis la honra perdida en Alarcos".

Diego López II: "Os han de llamar hijo de puta, pero no hijo de traidor".

El joven heredero combatió con valentía junto a su padre en la vanguardia castellana. El empuje de ambos resultó fundamental para limpiar los puestos fortificados de Sierra Morena y desatar la ofensiva. Su fiero desempeño en la batalla sirvió para limpiar definitivamente el nombre de su linaje. Don Diego López de Haro llegó a mandar una tercera parte del ejército cristiano en la batalla de las Navas de Tolosa. Los principales linajes vizcaínos de la época, como los Avellaneda, Frúniz, Olaeta, Arratia, Aulestia, Aguirre, Ibarra, Zamudio, Bermeo y muchos más participaron en ella. Según el clásico historiador vizcaíno Labayru, más de 2.500 vizcaínos tomaron parte en la batalla.

Dos años después, tras la muerte de su progenitor en septiembre de 1214, Lope Díaz II asumió el título como sexto señor de Vizcaya. Se convirtió en un pilar militar clave para los reinados de Berenguela de Castilla y Fernando III el Santo. Desde el siglo XII los reyes castellanos efectuaban continuas alianzas con los señores de Vizcaya para sus empresas en la Reconquista, donde los Señores de Vizcaya tuvieron una participación masiva, destacada y crucial en la Reconquista, actuando como uno de los principales brazos militares y políticos de los reyes de Castilla en su expansión hacia al-Ándalus.

Tras la capitulación de Baeza (Jaén) en 1227, Lope Díaz II de Haro se convirtió en el gobernador y máximo responsable militar de su alcázar. Su familia recibió inmensas extensiones de campos de cultivo que se distribuyeron entre sus huestes vascongadas.

Diego López III de Haro en 1242, magnate y Señor de Vizcaya (fallecido en 1254), se rebeló contra la autoridad del rey Fernando III de Castilla, impidiendo durante algún tiempo al Rey castellano y a su hijo don Alfonso, dedicar su atención completa a la conquista murciana y granadina. Mediante un pacto político y feudal, más que un aplastamiento militar, el monarca castellano le concedió su perdón al señor vizcaíno y desplegó con él toda su generosidad, . . . “et le torno toda la tierra luego y, et aun ennandiol demas Alcaraz, que ante non tenie”.

El potencial de Vizcaya no solo aportaba tropas de infantería y caballería pesada a las órdenes del señor. En la decisiva conquista de Sevilla (1248) por parte de Fernando III, los marineros y barcos vizcaínos formaron el núcleo de la flota cristiana que logró romper las cadenas del puente de barcas del río Guadalquivir, aislando por completo la ciudad musulmana. En el Repartimiento de Sevilla (1248), la familia obtuvo extensos complejos residenciales dentro de las murallas de la ciudad (antiguas residencias de la élite almohade) y vastas plantaciones de olivar denominadas donadíos en la rica comarca del Aljarafe sevillano.

Por ello, y en agradecimiento, la ciudad andaluza tuvo una calle cercana a la catedral dedicada a los Bizcaynos. El novelista Manuel Fernández y González nació en la antigua calle Bizcaynos en 1821, motivo por el cual hoy en día la vía lleva su nombre.

(imagen: antigua calle Bizcaynos de Sevilla)

Incluso en periodos posteriores, como en el sitio de Algeciras (1278), el entonces Señor de Vizcaya (Lope Díaz III de Haro) lideró cargas combinadas contra coaliciones norteafricanas e hispanomusulmanas para frenar contraofensivas en la frontera andaluza. Lope Díaz II fue llamado “Conquistador de Baeza”. Otro señor de Vizcaya que tuvo un importante papel militar en la Reconquista, junto con sus tropas fue Diego López V de Haro, quien tomó parte junto a sus tropas en el asedio y toma de Gibraltar en 1309. Después participó en el asedio de Algeciras en 1310 y murió allí. Otro señor de Vizcaya, consorte en este caso, el infante Juan de Castilla, murió en batalla contra los moros, en el conocido como desastre de Pinos Puente, cerca de Granada, en 1319.

Las familias “bizcaynas” recibieron inmensas riquezas, propiedades e incluso la fundación de nuevos señoríos nobiliarios en el sur de la Península tras las conquistas de Jaén, Córdoba y Sevilla. La Corona de Castilla aplicó el sistema de Los Repartimientos, unos minuciosos catastros donde los reyes donaban casas, olivares, viñedos y castillos a quienes habían costeado o liderado las campañas militares. A cambio de mantener un caballo y armas listos para defender las murallas andaluzas de las contraofensivas islámicas, los reyes les concedieron el estatus de caballeros hidalgos, quedando exentos de pagar la mayoría de los impuestos en Castilla.

En el Repartimiento de Sevilla (1248), la familia obtuvo extensos complejos residenciales dentro de las murallas de la ciudad (antiguas residencias de la élite almohade) y vastas plantaciones de olivar denominadas donadíos en la rica comarca del Aljarafe sevillano.

(imagen: detalle del primer atlas detallado de España fue realizado por Tomás López en 1804)

El Señorío de Vizcaya fue heredado por los sucesivos descendientes de la familia López de Haro, hasta que en 1370 recayó por herencia materna (Juana de Lara y de Haro, hermana mayor de Nuño) en el infante Juan de Castilla. Juana de Lara y de Haro, tras ser ejecutada en Sevilla en 1359 por orden de su cuñado, el monarca Pedro I de Castilla, el Señorío de Vizcaya se mantuvo bajo dicha línea hasta que, en virtud de las disposiciones testamentarias de la titular. El territorio fue transferido a su hermano Enrique, quedando definitivamente incorporado a la Corona de Castilla en 1370, permaneciendo desde entonces el señorío vinculado a la Corona, primero a la de Castilla y luego, a la de España.

El ordenamiento jurídico del Señorío contenía cláusulas explícitas de resistencia legal frente al abuso de poder, y obligaba a cada nuevo Señor (fuese un noble local o el propio rey de Castilla) a jurar acatarlo. Si el Señor dictaba una orden contraria a las leyes locales o gobernaba sin haber prestado dicho juramento, los vizcaínos tenían el derecho legal y la obligación constitucional de desobedecerlo.

(“besamanos" a Fernando el Católico en su "Ruta de Jura" 1476, pintado por Francisco de Mendieta y Retes)

Tanto en el Fuero Viejo (1452) como en el Fuero Nuevo (1526), la Ley Primera establecía una condición inamovible: para ser proclamado formalmente Señor de Vizcaya, el aspirante debía completar una "Ruta de Jura" obligatoria (Bilbao, Larrabetzu, Gernika y Bermeo) jurando defender los fueros, usos y costumbres locales. Si el monarca intentaba ejercer su autoridad o cobrar impuestos antes de realizar este juramento, las Juntas Generales declaraban que no se le debía rendir obediencia ni pagar tributo alguno, al no ser considerado legítimo dueño del cargo. Si el monarca intentaba ejercer su autoridad o cobrar impuestos antes de realizar este juramento, las Juntas Generales declaraban que no se le debía rendir obediencia ni pagar tributo alguno, al no ser considerado legítimo dueño del cargo.

Cualquier ley, provisión o mandato enviado por el rey o su corte que violara el Fuero de Vizcaya era calificado automáticamente como un contrafuero (un acto anticonstitucional). Para frenar estas arbitrariedades se utilizaba el Pase Foral. Si la orden vulneraba las libertades vizcaínas, se recurría a la célebre fórmula jurídica: «Se acata, pero no se cumple». El monarca no tenía potestad para legislar por encima del fuero. Este derecho a la desobediencia legal era viable porque los fueros dotaron a toda la población del territorio de la hidalguía universal. Al ser legalmente todos nobles e iguales, los vizcaínos gozaban de inmunidades procesales extraordinarias: estaban exentos de pagar impuestos comerciales directos a la Corona, no podían ser torturados y sus propiedades eran inembargables por deudas reales.

(En el periodo de los Tercios de Flandes, cuando se hablaba de vizcaínos se hacía referencia a cualquier habitante procedente de las regiones vascas. Una demostración del protagonismo que adquirió el Señorío de Bizcaya en la incipiente Monarquía hispánica)

El propio John Adams, uno de los padres fundadores de los Estados Unidos, viajó a Vizcaya en el siglo XVIII y citó en sus estudios políticos el modelo de las Juntas de Gernika como un ejemplo excepcional de democracia, libertad y contrapeso al absolutismo monárquico en Europa.